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Pueblos de Jaen

Baños de la Encina

Pueblos de Jaen

Baños de la Encina, Sierra Morena

Baños de la Encina es una población situada al noroeste de la provincia, al pie de Sierra Morena. Parte de su término municipal está incluido en el Parque Natural de las Sierras de Andújar, formaciones de media montaña que contienen un verdadero ecosistema mediterráneo integrado por masas de encinas, alcornoques, quejigos, pino piñonero, robles y matorrales. En él habitan numerosas especies faunísticas que le añaden un gran valor cinegético.

El núcleo urbano de Baños de la Encina, declarado Conjunto Histórico-Artístico en 1969 , es un conjunto de gran belleza y armonía con el entorno, que se asienta en las laderas de un cerro coronado por el impresionante Castillo de Bury Alhamma, en muy buen estado de conservación, y también declarado Monumento Histórico- Artístico. Junto a éste ofrece otros monumentos como la Iglesia de S. Mateo, la Casa Consistorial, el Palacio de Priores, el Palacio de los Molina de la Cerda, la Casa de los Herrera Cárdenas y otras casas señoriales.

Con una extensión superficial de 392 KM2 , el término municipal de Baños de la Encina presenta dos zonas claramente diferenciadas, dominadas de forma casi absoluta por un paisaje de dehesa, sólo roto por una pequeña franja de olivares, al sureste, al pie del casco urbano, y algunas parcelas aisladas de cereal.

Una, la zona de valle, al sur, en la que se localiza el núcleo urbano, de terrenos alomados con pendientes suaves, y la otra, al norte, lindera con la provincia de Ciudad Real, que cuenta en su mitad oriental con asentamientos mineros cuya explotación ha condicionado el devenir histórico de este pueblo, mientras que en su mitad occidental forma parte del Parque Natural de la Sierra de Andújar, y que se eleva bruscamente hasta alcanzar cotas superiores a los mil metros (Cerro de los Caballeros, con 1.093 m). Otros vértices importantes son Selladores (968 m), Peñón jurado (932 m), Alarcones (762 m) y moro (677 m).

El pasado de Baños de la Encina conserva las primeras evidencias de existencia humana en los yacimientos encontrados en las terrazas fluviales del valle del río Rumblar (Galay, Santa Inés o Angulo), datadas entre los años 1 00.000 y 30.000 a. C. la transición entre el Neolítico y la Edad de los Metales queda patente en la gran cantidad de pinturas rupestres esquemáticas que se localizan en abrigos y covachas al norte del término municipal. Aunque, quizás, la mayor riqueza arqueológica se corresponde con el pleno desarrollo de la cultura argárica en la cuenca media de¡ río Rumblar. También existen evidencias de asentamiento de la cultura ibérica (Salas de Galiarda) y de época romana.

En la Edad Media, con la ocupación árabe, agotada la principal fuente económica de otras épocas, la minería, se intensifica la especialización agraria, hasta el punto de convertir la zona más próxima al núcleo urbano, Valdeloshuertos, y el propio núcleo, en un verdadero paraíso artificial de agua y huertas a través de una compleja red de pozos, aterrazados bancales y acequias, que se desarrollaban bajo la atenta vigilancia de la fortaleza de Bury Al-Hamma, que ejercía un estricto control administrativo y económico de la zona, a la vez que servía como acuartelamiento de tropas y control y defensa de las poblaciones más al sur de Sierra Morena.

Monumentos en Baños de la Encina

Ayuntamiento
Pozo de la Vega
Arco de Benalúa
Molino de Viento
Palacio de Priores
Casa de las Viudas
Castillo de Burgalimar
Parroquia de San Mateo
Matadero del Santo Cristo
Ermita del Cristo del Llano
Palacio Jiménez de Mármol
Cripta y Ábside de Santa María
Hospital de la Sangre de Cristo
Casona de los Caridad-Zambrana
Casona de los Molina de la Cerda
Casa Torreón Poblaciones Dávalos

Cerco de los Corvera S. XV-XVIII: durante la segunda mitad del siglo XV, en el marco de la Guerra de Sucesión, los Corvera, noble familia baezana, levantaron una muralla exterior como refuerzo de la defensa de la incipiente aldea de Bannos y su castillo. Fieles a Isabel de Castilla, tuvieron que enfrentarse a las huestes de Enrique IV y, posteriormente, a las de su hija y heredera Juana de Beltraneja. Su apoyo a Isabel, les enfrentó al Concejo de Baeza bajo cuya jurisdicción se hallaba la aldea de Baños, aunque finalmente cayeron en desgracia, perdiendo la alcaidía del castillo que debieron entregar a los Carvajales, también familia muy principal baezana.

La edificación de la parroquia de San Mateo, la construcción de casonas sobre la muralla o la necesidad de dar salida a estranguladas callejas como Madres de Dios, fueron desfigurando el Cerco. De la edificación original podemos apreciar la muralla que se desliza ante nuestra vista calle Trinidad abajo, la escarpa que delimita la calle travesía Fugitivos en su flanco sur, el torreón exento de los Corvera o Poblaciones Dávalos, y uno de los puestos de guardia que se asoma a la izquierda de la puerta de la actual hospedería de los Guzmanes.

Ermita del Cristo del Llano: en pleno descansadero de ganado del Honrado Concejo de Mesta, en el Llano del Santo Cristo, se eleva esta sobria edificación de una sola nave y campanario en espadaña sobre la fachada principal. El contraste con su interior es indescriptible: un monumento a la luz, el color y la movilidad. Todo el interior de su única nave está profusamente decorado con elementos geométricos, vegetales o frescos con escenas de la vida de la Virgen María que decoran la bóveda de medio cañón que la cierra en altura.

Pero lo verdaderamente sorprendente es su torre camarín. Toda la iconografía del Nuevo Testamento, inmersa en una amalgama polícroma de pájaros exóticos, guirnaldas vegetales y angelotes que se sustentan sobre estípites, hornacinas, pedestales y espejos, se va sucediendo en altura desde la planta poligonal a nivel de suelo hasta cerrar en una espectacular bóveda, que bien nos recuerda la de mocárabes presente en la mezquita Catedral de Córdoba o la Alhambra granadina.

De clara influencia granadina (Cartuja), está emparentada con el barroco más expresivo que se desarrolló en la subbética y campiña cordobesa durante los últimos estertores del siglo XVIII.

Molino del Santo Cristo: Apurando la cota más elevada del Cerro de la Calera, se encarama este mastodonte de piedra llamado Molino del Santo Cristo. Se levanta en el paraje de “Buenos Aires”, lugar hasta hace pocos lustros salpicado de innumerables eras de pan trillar que tenían al viento como buen aliado para aventar le grano. Este buen molino, al estilo manchego, con seguridad el más meridional de la Península de esta tipología –siglo XVIII-, consta del cuerpo de torre dividido en tres tramos: cuadra, camareta y sala de molienda.

Pese a la colonización olivarera del valle, la cantidad de grano no menguó ya que durante el siglo XVIII se desarrolló una mayor intensificación agrícola de las tierras serranas. Se implantaron dos sistemas agrícolas: la “roza de cama”, en las tierras menos productivas, y la “roza de barbecho”, llevada a buen término en los cortijos y tierras de mediana calidad serrana (a caballo entre la sierra y la campiñuela, como el cortijo de la Atalaya). La creciente cosecha de grano, motivada en parte por una adecuada regulación de los usos de las tierras perpetrada al amparo de la “Ordenanzas Municipales de 1742”, obligan a la creación de nuevos ingenios de molienda. Los fuertes lazos culturales que nos unían a nuestros vecinos de la Mancha, auspician este molino. La mutua influencia cultura, que derivaba de un perfecto entramado caminero entre una y otra vertiente de Sierra Morena, yace hoy bajo el polvo de alambradas y lastres socioeconómicos.

Yacimientos Arqueológicos del municipio

Yacimiento del Cerro de Navalmorquín.

Camino de la Virgen.

Villa Romana.

Cueva de la Moneda. En ella aparecen pinturas rupestres y restos iberos, romanos y visigodos.

Conjunto de pinturas rupestres. En Canjorros de Peñarrubia, Nava el Sach.

Centenillo. Mina romana.

Pantano del Rumblar. Junto a éste se encuentra el poblado de Peñalosa, donde se han encontrado restos antiguos de cerámica y útiles agrarios y también el Fortín de Migaldías.

Cerro del Plomo

Cuenca Minera del Río Rumblar

El Río Rumblar, parido de la unión de sus afluentes, los ríos Grande y Pinto, que desciende de Sierra Morena hasa el valle del Guadalquivir guarda en sus entrañas una auténtica historia de mineros y metalúrgicos que explotaron estas tierras hace más de 4000 años. Su huella ha quedado fosilizada en numerosos restos que han llegado hasta nuestros días en buen estado de conservación. Esto ha sido posible porque este valle es pobre en mineral de plomo, por lo que, al contrario de lo que ocurre en la comarca de Linares-La Carolina, la actividad industrial dejó de lado estas tierras, ricas en cobre y origen de la minería prehistórica y romana en la zona.

La riqueza de los filones metalíferos de cobre ya era conocida hace 5000 años por las gentes de la Edad del Cobre que posiblemente fueron los primeros en explotar esta materia prima. De hecho en la Rafa de Baños (Mina del Polígono) han aparecido materiales calcolíticos que parecen mostrar el conocimiento de la mina en esta época. A ello habría que añadir la presencia en sus cercanías de dos poblados de la Edad del Cobre: el Cerro del Tambor y el Castillo de Burgalimar.

Pero será en torno al 1800 a.C. cuando se produzca una auténtica explotación minera en la zona. Vamos a asistir a una gran colonización del valle del Rumblar en esta nueva etapa de la Edad del Bronce (embalse y río Rumblar). Así la Cultura del Argar, con origen en Almería y Murcia, será la que lleve a cabo esta gran empresa con la construcción de poblados de distinto tamaño que estarán distribuidos a lo largo del río, en lugares donde antes no había existido población, controlando los principales filones metalíferos. Este estrecho valle del Rumblar, con márgenes de pizarra y arenisca, apenas cuenta con espacios agrarios, son las causas que motivaron que hubiera estado deshabitado durante tanto tiempo. Incluso hoy, en la actualidad, su principal aprovechamiento es cinegético y ganadero debido a la escasa fertilidad agraria de estas tierras.

Utilizando la pizarra como material de construcción se levantarán cada pocos kilómetros toda una serie de poblados: el Cerro de las Obras de Moros, Peñalosa, el Castillo de Burgalimar, La Verónica, Los Castillejos, Siete Piedras, Piedra Letrera, etc. Por las excavaciones realizadas en Peñalosa y en el Castillo de Burgalimar sabemos que su principal actividad era la minera y metalúrgica, centradas en la transformación del cobre.

Esta explotación no era únicamente para satisfacer su demanda interna, sino que se ha atestiguado la producción masiva de lingotes de cobre que posiblemente se intercambiaron y se movieron por todo el sur peninsular.

Este auge económico posibilitó que se mantuviera una gran población en este valle, llegando el grano y los animales bien a través del intercambio o bien a través de la redistribución de los productos alimenticios por las élites aristocráticas que controlaban el territorio y que serían las grandes beneficiarias de la producción del metal cuprífero. Esto último vendría confirmado por la presencia entre los poblados de pequeños fortines, con carácter militar, como el de Piedras Bermejas, de pequeñas dimensiones y que se sitúan de manera estratégica para controlar los accesos al interior del valle minero. Tendríamos por tanto un territorio fuertemente jerarquizado, con una ordenación tendente a facilitar la producción de metal y su salida hacia los grandes poblados de la Depresión Linares-Bailén.

La dispersión y variedad de los poblados, su inmediata o cercan ubicación a la lámina del agua del Rumblar, su distribución por diversos hábitat y paisajes serranos de interés, la red de senderos a pie establecida y señalizada, la existencia de equipamientos  complementarios como la Casa del Barro o el Museo del Territorio, y, finalmente la excavación arqueológica, consolidación y puesta en valor turístico de algunos de los yacimientos, como es el caso de Peñalosa o Piedras Bermejas, permiten que el «Ecomuseo del Bronce de Baños de la Encina» nos ofrezca una verdadera aventura argárica por los paisajes mineros de Jaén.

Baños de la Encina
Un pueblo hecho a la medida de sus piedras

La fisonomía de Baños parece tan agarrada a la piedra que lo sustenta que más bien simula ser una prolongación de ésta. Baños, cabalgando a la grupa de la falla de su mismo nombre, parece haber mamado la tradición de la piedra desde su mismo nacimiento y, aunque el carácter pétreo de sus fachadas es el hecho que más le caracteriza, en todos y cada uno de los momentos de su historia, en todos y cada uno de los episodios de la cotidianidad, la piedra, sus piedras, están presentes.

Así, la más antigua de sus piedras, la pizarra, aún no siendo excelente como cubierta, ha sido protagonista en todas las construcciones serranas desde el primer momento que el hombre oyó el pellejo serrano. Poblados de la Edad del Bronce, como Peñalosa, Verónica o Migaldías, elevan al cielo anchas murallas escalonadas que simulan complejos laberintos. En su interior, tapaderas de pizarra alternan con molinos de granito, moldes para fundición de arenisca roja, chinos de cuarcita y todo un elenco de minerales de cobre y galena. Por cubierta, un perfecto entrelazado de arcilla de Rumblar, ramas y monte, y anchas lajas de pizarra, omnipresente en el devenir cotidiano de esta cultura.

Pero la pizarra se ha mostrado como una constante en toda la urbanística de nuestro ámbito, como así atestiguan pequeñas construcciones agropecuarias serranas (torrucas, parideras, casas de huerto, rajales de colmenas, zahurdas, …, y hasta eras de pan trillar). Pero es en las grandes construcciones donde la pizarra se muestra como unajoya arquitectónica por reconocer; y así lo dejan sentenciado ejemplarmente poblados mineros como los de El Centenillo o Araceli, la colona del Embalse del Rumblar o construcciones taurinas como el Cortijo de Corrales. Pero, por tener presencia, hasta en las más viejas cañerías de saneamiento del pueblo o en las coberturas a dos aguas de muros y «bardales» deja la pizarra su estampa.

Menor ha sido el uso de otras rocas como el granito, sólo presente en molinos de mano, volanderas y soleras del molino de viento y empiedros de almazaras; o la arenisca del mioceno o tosca, como se la conoce popularmente por estas tierras, usada, una vez machacada, para dar lustre a la vajilla o para «blanquear», mezclada con agua, cocinas y «redores» (bajos de las paredes). Aunque es necesario dejar constancia que en el dominio granítico las construcciones han seguido sus pautas, dejando muestras de la calidad etnográfica de los «molinos de Juan de las Vacas» o la categoría monumental del recinto fortificado de las Salas Galiarda, en cuyo entorno se localizan varios sarcófagos antropomorfos que utilizan esta misma materia pétrea.

Pero por su dureza y fácil labrado han sido las canteras de arenisca roja sobre la que se asienta el pueblo de Baños la que mayor presencia ha tenido en el afán cotidiano de los bañuscos. Ha estado presente en muros y paredes, descompuesta o en sillares, formando con sus ripios calles y eras empedradas, bien labrada como losa de mejores suelos; pero siempre ha estado en todas y cada una de las actividades cotidianas: brocales y piletas de pozo, pesebres, bancos y lonjas, chimeneas, amoladeras, pilas de lavar, mojinetes para majar esparto, enseñas heráldicas…, y hasta como losa que silencia sepulturas por los llanos del valle.

Pues éste es el ofrecimiento que hace este geosendero que, mediante la unión de varios, viejos y polvorientos caminos, nos permite realizar un circuito «extramuros» al pueblo de Baños de la Encina bordeando, cuando no atravesando, sus antaño tierras de los «ruedos». Vamos a conocer las piedras en las que hunde el pueblo sus raices, pero también como les ha ido dando uso cotidiano hasta armar la historia de sus gentes y de sus cosas.

La fuerza didáctica de esta ruta es tal que nos va a permitir navegar sobre mares de negra piedra, seguir con la mirada las suaves formas de dunas subacuáticas fosilizadas, pastorear rojizos borregos pétreos o acariciar la melosa suavidad de color de la arenisca que se eleva por doquier. El geosendero de la Pizarrilla nos ofrece una aventura que profundiza en la historia de sta tierra de Sierra Morena y en la de su paisanaje (sus hombres y mujeres).

Las vías romanas del Alto Guadalquivir

De Sisapo a Cástulo.
Los antiguos viarios y caminos de Baños de la Encina

Durante las épocas medieval y moderna Baños de la Encina ejerció de punto de encuentro entre toda una serie de cañadas, caminos y veredas pecuarias vinculadas fundamentalmente a la trashumancia.

En la actualidad, se conservan algunos de los tramos de estos caminos como el de Cascarrillo, o el conocido en la localidad como “Romano” o “Real”. En realidad ambos pertenecen a un mismo camino., el Camino Real de Andalucía, a su paso por la falda este-sur del Cerro del Cueto, siendo el segundo de ellos el que conserva más de 200 m., de su estructura original, un empedrado prácticamente intacto a base de cantos de río, y limitado en su costado norte por un murete de pizarras que se extiende desde la carretera de Bailen hasta prácticamente la parcela en donde se halla el registro del sistema de depuración de agua. A partir de aquí el camino, ahora asfaltado y de anchura mayor, toma dirección oeste para estrecharse nuevamente a la altura del puente de piedra también conocido como puente romano.

Aunque actualmente este camino presenta una factura de época bajo-medieval y moderna al igual que algunas otras fuentes, norias o el propio puente, su origen podría remontarse a época romana, lo que lo identificaría, posiblemente, con la calzada que uniría Cástulo con Sisapo, dos de los centros mineros más importantes a un lado y otro de Sierra Morena oriental. Dicha vía partiría desde Cástulo en dirección norte atravesando la actual ciudad de Linares. A partir de esta localidad, siguiendo bien por el Cordel de Linares a Guarromán salvando a su paso el río Guadiel se llegaría a Baños, o bien por el límite sur del distrito minero linarense.

A partir de Baños este camino pudo seguir dos trazados: uno, vadeando el Rumblar por Valdeloshuertos y Morquigüelo camino hacia los Escoriales, la Cañada Resal de la Plata por la Mojonera hasta alcanzar el Hoyo y desde aquí continuar por Mestanza hasta unirse con la calzada que desde Sisapo llega a Carcuvium; el otro, recorrería el camino de San Lorenzo hasta El Centenillo y el puerto de Navalagallina hasta el Hoyo para conectar posteriormente con Sisapo. Ambos recorridos están salpicados de vestigios mineros (El Pológono, Salas de Galiarda, Los Escoriales), fundiciones, fortines (restos de Peñalosa, La Playa del Tamujoso y Migaldías), villae y necrópolis romanas (las localizadas en la Depresión Linares-Bailén).

Una explotación minera en Baños de la Encina

La Mina del Polígono, situada en el piedemonte de Sierra Morena, es una explotación a cielo abierto, en forma de gran trinchera o rafa, de un filón mineralizado de más de un kilómetro de longitud en sentido suroeste-noreste que encaja en las pizarras del Culm y que está parcialmente cubierto por los asperones triásicos. Presenta, en los niveles superficiales, mineralizaciones de cobre (óxidos y carbonatos de cobre como la malaquita y la azurita) que fueron explotados desde la Prehistoria Reciente (Edades del Cobre y Bronce). El filón, a partir de una cierta profundidad contiene mineralizaciones de plomo de los que se benefició galena argentífera durante épocas protohistórica y romana. Posteriormente la mina, ya en época industrial (finales del siglo XIX hasta mediados del siglo XX), fue explotada de forma intensiva para la extracción de plomo.

Las técnicas de extracción han sido diferentes en cada uno de estos periodos cronológicos: así, durante época argárica (Edad del Bronce) la fase extractiva se ciñe a pequeñas calicatas o rafas a cielo abierto siguiendo las vetas de mineral de cobre y extrayéndolas mediante el proceso de calentamiento seguido de un rápido enfriamiento usando para ello herramientas hechas tanto en piedra, madera como en hueso (caso de las astas de ciervo). Los mineros del vecino poblado de Peñalosa fueron unos de los que explotaron esta mina.

En época romana, se inicia una explotación intensiva coincidiendo con el momento en que la rafa adquiere dimensiones de más de un kilómetro de largo. Son numerosos los asentamientos del periodo romano-republicano (siglo VI-I a.C.), como Las Mendosas II y Las Marquesas, que se sitúan en las cercanías de la mina y que pudieron explotarla así como diversas villae, ya de época Alto Imperial, como Contraminas, Cerrillo Pico o La Usarda.

Después de un gran letargo la actividad minera se reemprende nuevamente en marzo de 1866, prolongándose, con altibajos en la producción y tras varios propietarios, hasta 1984 fecha límite del permiso de explotación bajo la propiedad de los Hermanos Souvirón Moreno. Testimonio de esta fase son los socavones excavados en la pared norte de la rafa romana, los pozos maestros denominados como el Rafaelito y las estructuras de rumbos para el lavado de las escombreras antiguas.

En superficie son numerosos los vestigios muebles e inmuebles que delatan aún su prolongada actividad minera asociados todos ellos a diferentes periodos de épocas prehistórica e histórica.

La cuenca del Rumblar durante la Edad del Bronce

La primera ocupación del territorio en la cuenca del río Rumblar y de sus principales afluentes, los ríos Grande y Pinto, se remonta a los periodos Paleolítico y Neolítico. Una distribución que se produce sobre las fértiles tierras del valle del Guadalquivir y del río Guadiel, ambas de época terciaria. Por el contrario, en el interior de la sierra la presencia de poblamiento no se producirá hasta la Edad del Cobre, momento en que se fundan yacimientos de la importancia de Siete Piedras, Cerro del Tambor y Castillo de Baños de la Encina, que estarían vinculados directamente con la explotación de importantes filones metalíferos, ricos en cobre y plomo-plata como los de Salas de Galiarda y la mina del Polígono.

No será hasta bien entrada la Edad del Bronce, en torno al 1800 a.C., cuando se asista a una auténtica “colonización” de la cuenca del Rumblar con la construcción ex novo de numerosos poblados, de extensiones bien distintas, en lugares donde antes no había existido población, como por ejemplo Peñalosa, Cerro de las Obras, Los Castellones, Las Torrecillas y Los Castillejos. Esta intensificación del poblamiento parece estar asociada a un incremento de la explotación de las minas como la del Polígono o la de José Palacios y, por tanto, de la producción de metales en el interior de los asentamientos.

Todos ellos repiten rasgos y patrones definitorios de la Cultura del Argar: asentamientos sobre cerros más o menos escarpados con un sistema urbanístico característico en que las viviendas se disponen en hilera adaptadas a los diferentes niveles del aterrazamiento artificial del cerro, con una zona amesetada en la parte superior, aún más fortificada que el resto, a modo de acrópolis. Son poblaciones muy arraigadas al terreno sobre el que se asientan y al que tratan de explotar los recursos básicos no solo para la subsistencia diaria como para contar con unos excedentes que les permitan comerciar, con el resto de poblados, por otros productos necesarios de los que carecen: nos referimos en concreto al intercambio de objetos o lingotes de cobre por grano de cereal u otros productos. También es rasgo distintivo de esta cultura la estrecha relación que mantienen entre sí los miembros o clanes familiares a la hora de la muerte: los muertos se entierran en la misma área de habitación, en contenedores diferentes, estableciendo así una comunicación física entre unos y otros más allá del propio hecho en sí.

La explotación del mineral de cobre parece conformar la base de la distribución y correlación entre los asentamientos que muestran una fuerte jerarquización y cierta especialización funcional, pudiéndose diferenciar hasta tres tipos de yacimientos: poblados de tamaño medio como Peñalosa, La Verónica o Piedra Letrera, de más de 1 ha. de extensión, que ocupan una posición estratégica y de control en el territorio, y en los que se documenta una importante actividad metalúrgica del cobre. Junto a ellos aparecen recintos o fortines de pequeño tamaño, también fortificados y destinados a mejorar la interconexión entre los primeros y controlar los pasos naturales del valle del Rumblar y la Depresión Linares-Bailén. El mejor ejemplo de este tipo de yacimientos es el fortín de Migaldías. Por último, se documentan poblados situados junto a los afloramientos de mineral, en lugares elevados y de difícil acceso, como el de Los Castillejos, Piedra Letrera o Los Castellones, que estarían especializados directamente en la explotación del mineral.

Por otro lado cabe pensar, según las últimas investigaciones llevadas a cabo por el Proyecto Peñalosa (Universidad de Granada) en el yacimiento de Peñalosa y en la cuenca del río Rumblar, que la distribución de los yacimientos está vinculada más bien al control del territorio y a la producción y distribución del metal que a la localización espacial de las minas o a su explotación.

La cuenca del Rumblar durante Época Romana

Desde época argárica (Edad del Bronce) la cuenca del Rumblar no volverá a ser ocupada de forma intensiva hasta la llegada de los romanos. Hecho que tuvo lugar tras la conquista de las grandes ciudades ibéricas que jalonaban el valle del Guadalquivir (Cástulo, Isturgi e Iliturgi) a fines del s. III a.C. e inicios del s. II a.C. En principio este territorio, conocido por las fuentes clásicas como Saltus Castulonensis y dependiente política y administrativamente de la ciudad de Cástulo quedó encuadrado dentro de la provincia Hispania Ulterior pero tras las reformas de Augusto, éste pasaría a formar parte de la provincia Tarraconense, dentro del Conventus Cathaginensis y no de la Bética.

La presencia romana en la zona se asocia a la actividad minera y a la producción del metal, que alcanzará su máximo desarrollo en épocas republicana y alto imperial. Esta explotación intensiva supuso la creación de un tipo de poblamiento basado en poblados mineros y centros metalúrgicos como las fundiciones de El Centenillo y La Carolina (Cerro del Plomo, La Tejeruela, La Fabriquilla, Fuente Espí y Cerro del Castillo) que se sitúan en torno a las minas de plomo-plata y cobre. Si bien dentro de la estructura territorial de la cuenca del Rumblar destaca la presencia de unos poblados minero-metalúrgicos fortificados o “castilletes” como el de Salas de Galiarda y un complejo sistema de fortines, por ejemplo el de la Playa del Tamujoso o el de Retamón, que parecen responder a la necesidad de controlar directamente las explotaciones mineras y las rutas interiores de la sierra.

A partir de finales del s. I d.C. e inicios del s. II d. C., coincidiendo con el inicio del declive paulatino de la actividad minero-metalúrgica se observa un cambio progresivo del patrón de asentamiento. Se crean numerosos asentamientos rurales de escasa identidad ex novo, así como villae en las tierras más fértiles de la cuenca del Rumblar y, sobre todo, en las zonas de vega y terrazas fluviales de la Depresión Linares-Bailén y Guadalquivir. La proliferación de estos asentamientos marcan el nacimiento y consolidación de una nueva economía basada en la agricultura y enmarcada dentro de la política de municipalización de época flavia que supuso para las ciudades encontrase con un territorio que hasta entonces había sido ager publicus.

Durante el Bajo Imperio (a partir del s. III d.C.) la construcción de villae se intensifica mientras que las grandes ciudades como Cástulo entran en un declive del que ya nunca se repondrán. Este hecho supone el auge de mundo rural frente a la transformación de la ciudad antigua.

A partir de la Antigüedad tardía y la Alta Edad Media se observa la presencia de numerosos y pequeños asentamientos rurales (la mayoría menores a una hectárea) asentados en pequeños valles del interior de la sierra y en zonas altas amesetadas. Seguramente, estos se dedicarían a la ganadería y la agricultura intensiva de las tierras más fértiles. Ejemplo de ello son los yacimientos localizados en el Parque Nacional de Montes de Selladores-Contadero y Lugar Nuevo, como Barranco del Manzanillo o Los Borondos.

Urbanismo

Casa de los Herrera Cárdenas, siglo XVIII.

Casa de los Galíndez.

Casa de los Pérez de Vargas.

Casa Salido.

Casa de Salcedo.

Molino, siglo XVIII.

Embalses de Baños de la Encina

Embalse de Rumblar
Embalse El Centenillo

Gastronomía de Baños de la Encina

La gastronomía en Baños de la Encina, como es norma en las comunidades del ámbito rural, siempre ha estado vinculada a los recursos proporcionados por el suelo que les cobija, la estacionalidad anual y las labores agrícolas, cinegéticas y ganaderas, marcadas por al amplitud del término, por tanto por las largas distancias en el desplazamiento. No es extraño la existencia de unos platos con omnipresencia de piezas resultantes de actividades cinegéticas, empleo intenso de plantas aromáticas, pucheros y platos sencillos en su preparación como consecuencia de la necesidad de comer en el «lugar de trabajo», mientras la «comida fuerte» se reservaba para la noche.

Entre los platos más preciados en el municipio de Baños de la Encina están los relacionados propiamente con la caza: venado, jabalí o gamo en estofado o adobado, la perdiz en escabeche o habichuelas serranas, la liebre con salsilla bordonera, al tomillo a al jarón; otros vinculados al mundo pastoril como las migas o los «calandrajos con liebre»; los ligados al estío, salmorejo, ajoblanco o «ensalá» de lechuga y «granás» de cuelga;…, y el cucharro, nuestro hoyo, un moño de pan al que se quita el migajón, se adereza bien con aceite de oliva, sal ajo restregado y el churre de un tomate; como acompañantes tocino de veta, una arenque, bacalao, … y hasta melón, uvas y aceitunas machacadas, en adobillo o negras en cercenada, según tiempo.

Son preciados los embutidos de carne de monte, sobre todo el chorizo y el jamón seco o sumarro, utilizando carne de venado.

La dulzaina viene definida por la herencia árabe y la oportunidad festiva: gachas santeras, pestiños, borrachuelos, hornazos de Resurrección y las «sobas» (gran torta de aceite, crujiente y muy exquisita). También es popular el mantecado mixto, de aceite y manteca, recordando nuestro origen ecléctico.

Pero la esencia de nuestra gastronomía en dulce viene definida por el ambiente social que se crea en torno a ella. Aún se mantiene la tradición de ir a cocer al horno a cambio de una parte, ahora en dinero, pero que hace de este acontecimiento una verdadera fiesta en ciertos días señalados.

Cómo llegar a Baños de la Encina

En coche: Baños de la Encina está a 55 km de Jaén capital. Toma la salida 288 de la E-4 y continúa 6 km por la JV-5040.
En autobús: La Sepulvedana (953 69 36 07) llega a diario desde Linares (0,96 €).
En tren: Renfe (902 24 02 02) hace la línea Linares-Baeza varias veces al día. Desde Madrid hay un regional express (31,20 €/ida y vuelta).

Distancias desde Baños de la Encina

Jaén 55 km
Úbeda 50 km
Bailén 9,5 km
Linares 24 km
Andújar 40 km
El Salcedo 6 km
Mengíbar 30 km
Guarromán 8 km
La Carolina 23 km
Martín Malo 13 km

Fuentes y Manantiales de Baños de la Encina

  • Pilar de la Virgen
  • Fuente Pozo Nuevo
  • Galería de los Curas
  • Manantial El Puntal
  • Charca de El Centenillo
  • Fuente Pozo de la Vega
  • Fuente de los Selladores
  • Galería de las Pelaguindas
  • Fuente Pozo de los Charcones
  • Nacimiento del Arroyo de la Parrilla

Senderos/Senderismo en Baños de la Encina

Sendero Pozo Nuevo
Sendero Cerrillo del Plomo
Sendero de los Cuatro Términos


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