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Pueblos de Cáceres

Montehermoso

Pueblos de Cáceres

Montehermoso – Cáceres

El municipio de Montehermoso, perteneciente a la Comarca Valle del Alagón, se localiza al noroeste de Extremadura. Las localidades vecinas más cercanas son Guijo de Galisteo, Aceituna, Valdeobispo, Villa del Campo, Pozuelo de Zarzón, Morcillo y Guijo de Coria, todas a menos de 10 km de distancia.

Monumentos de Montehermoso / Qué ver

  • Ayuntamiento
  • Ermita de San Antonio
  • Ermita de San Cristóbal
  • Ermita de San Sebastián
  • Ermita del Cristo de los Remedios
  • Ermita de San Bartolomé y San Blas
  • Ermita de Ntra. Sra. de Valdefuentes
  • Iglesia Parroquial de Ntra. Sra. de la Asunción

Fiestas y Tradiciones

  • Ferias de Junio
  • Feria de Valdefuentes
  • San Bartolomé (23 al 26 de Agosto)
  • Romería (en honor a la Virgen de Valdefuentes)
  • Los Negritos de San Blas (Fiesta de Interés Regional)

Artesanía

  • El Traje
  • La Gorra
  • Cencerros
  • Campanas

Distancias desde Montehermoso

Morcillo 10 km
Aceituna 8 km
Valdeobispo 13 km
Villa del Campo 11 km
Guijo de Galisteo 6,5 km
Pozuelo de Zarzón 9,5 km

Dehesa Boyal de Montehermoso

La Dehesa

La Dehesa, o “monte hueco”, es un ecosistema de origen antrópico (producido por la intervención del ser humano) mediante el aclareo (ahuecado) del denso matorral característico del monte mediterráneo, y la selección de entre las especies presentes en el mismo de aquellas que aportan valor económico, fundamentalmente de cara a la explotación ganadera de sus pastos y frutos, aunque las economías locales también se han beneficiado tradicionalmente de otros productos secundarios, como corcho, leñas, hongos, espárragos o caza, cuyo valor e importancia relativa son más variables a lo largo del tiempo.

La especie predominante entre la arboleda es casi siempre una quercínea, destacando de entre estas la encina (Quercus ilex) y, en menor medida por sus mayores requerimientos de precipitación, el alcornoque (Quercus suber), ambas, buenas productoras de bellota. Esto hace que produzca un excelente alimento para el ganado durante el otoño – invierno, siendo el porcentaje de alimentación de esta naturaleza sobre el total un reconocido factor de calidad de las carnes.

Las Dehesas Boyales

Tradicionalmente, los pueblos de España mantuvieron fincas de aprovechamiento comunal, las dehesas boyales (de “buey”), porque su función original era el mantenimiento de los animales que constituían la fuerza de trabajo), que permitían a sus vecinos unos niveles mínimos de subsistencia, al poder cultivar parte de su superficie, alojar algunas cabezas de ganado o explotar las leñas que pudieran tocarles en suerte, dentro de estrictos programas regulados de mantenimiento de la dehesa que imponían los ayuntamientos y juntas de vecindario, que acostumbraban a cuidarlas con esmero, dada la importancia económica de su conservación en buenas condiciones.

Durante el siglo XIX fundamentalmente, muchas de las dehesas boyales de nuestros pueblos fueron vendidas en los diferentes procesos desamortizadores (Madoz, Mendizabal, Floridablanca…), causándose con ello un serio problema de subsistencia a los vecinos menos favorecidos, y dando lugar a los primeros grandes movimientos migratorios del campo a la ciudad y a un notable empobrecimiento de las clases populares campesinas que se encuentra en el origen del problema histórico de los trabajadores “jornaleros”.

Los pueblos que consiguieron salvar las suyas, como Montehermoso, disfrutan en la actualidad de grandes fincas, a menudo gestionadas de una manera ejemplar, que aportan a los ayuntamientos una fuente de ingresos y constituyen zonas naturales de dominio público que cubren importantes superficies en nuestro territorio, escapando al lucro privado y conformando un importante patrimonio económico y ecológico para los pueblos que las disfrutan y para el país en su conjunto.

La Dehesa Boyal de Montehermoso

Montehermoso no solo se encuentra entre los pueblos que consiguieron mantener su dehesa boyal después de las desamortizaciones; además, conserva en ella vestigios de prácticamente todos los momentos de ocupación histórica desde el Neolítico hasta nuestros días.

El Espacio Natural Protegido

Desde las grandes construcciones megalíticas, dedicadas al cultivo de la espiritualidad, hasta las construcciones auxiliares de la moderna ganadería del siglo XX, pasando por las “pasaeras” de pilares sobre el cauce del arroyo del Pez, o la sólida y sencilla ingeniería del puente de Simón Ruano, las zahúrdas de “las Majás de los Porqueros”, o el molino de “Jerrao”, los montehermoseños han conservado con mimo los vestigios de su paso por el tiempo. Cultura a cultura, civilización a civilización, han mantenido, al mismo tiempo, los valores naturales de un entorno de singular belleza, hábitat privilegiado para las aves que aprovechan sus pastos, frutos y masas de agua.

Por comprender un área que representa la unidad paisajística por excelencia de nuestra comunidad autónoma, la dehesa que permite que albergue numerosas y variadas especies faunísticas, de entre las que destaca la presencia de más de 130 especies de aves, siendo especialmente relevantes la cigüeña negra (Ciconia nigra), águila calzada y el milano negro (Milvus migrans), la Dehesa Boyal de Montehermoso fue declarada Parque Periurbano de Conservación y Ocio en el año 2014, pasando a formar parte de la Red de Áreas Protegidas de Extremadura.

Puente de Simón Ruano

Centenario puente de piedra, construido a base de lanchas de pizarra local para los arranques, y de grandes losas de cantería de granito de, entre 1, 5 y 2 metros de largo por 0,70 metros de ancho, que forman la mayor parte de la estructura del puente, tanto de los pilares, como del tajamar y otros elementos.

El granito procede de los batolitos de la parte oeste de la dehesa, a más de 1 km. de distancia.

El puente salva el paso por el arroyo del Pez, seco en el estío, pero de cauce torrencial en época de lluvias.

Molino de “Jerrao”

Si bien las características agronómicas de la Dehesa de Montehermoso no son las más adecuadas para la agricultura, debido a la acidez de sus suelos, de su práctica tradicional dan fe los molinos de la Respinga y de Jerrao, ambos situados a orillas del arroyo del Pez, el de mayor caudal del entorno.

Del edificio, actualmente arruinado, se mantienen dos parámetros y parte de las canalizaciones de agua que debieron accionar el ingenio, y entre sus escombros podemos encontrar restos de las muelas y otras piedras talladas que conformaron su estructura, de sólida factura, como acredita su resistencia a terminar de desmoronarse.

Alrededor, desdibujados pro el tiempo se conservan el azud de derivación, aguas arriba sobre el cauce del arroyo; el canal que abastecía al molino de su fuente de energía, y diferentes obras para el manejo del agua, talladas en sólidos bloques de piedra granítica inserta entre los esquistos del lugar.

Entre las piezas que forman la fábrica, es muy probable que se encuentren algunas de las que en su tiempo compusieron los dólmenes, en ese incesante recuperar la piedra a lo largo de la historia que, a la fuerza, impone la economía de medios.

Zahurda con cubiertas a dos aguas

Presenta una solución constructiva diversa de las precedentes, que el visitante puede apreciar desde el exterior, gracias a la sección del edificio que se ha dejado vista.

La construcción se sustenta en pilares centrales de granito sobre los que reposan dos grandes losas, igualmente graníticas, que forman la base de la techumbre. Sobre éstas se asientan grandes lanchas de pizarra trabadas con barro machado, y el conjunto se cubre con una capa de tierra asentada con agua.

En el lado menor no reconstruido, se aprecian dos grandes losas de granito, dispuestas transversalmente, que soportaban el arranque de la techumbre.

El espacio interior aparece compartimentado y, como en los casos anteriores, el conjunto se abría a un corral semicircular.

Las Sepulturas Megalíticas

La Dehesa Boyal de Montehermoso alberga varios dólmenes o sepulturas megalíticas con corredor y cubierta tumular. Son monumentos de gran envergadura, construidos por las poblaciones prehistóricas que hace unos 6000 años ocuparon lo que hoy es la dehesa y contribuyeron, mediante su manipulación del medio, a su formación.

Los dólmenes son sepulturas de cámara circular o poligonal, a base de enormes bloques de granito encajados en el suelo mediante una zanja de cimentación, calzados con piedras, y cubiertos con una gran losa. Algunos presentaban un pasillo o corredor corto o desarrollado, que daba acceso al recinto funerario y que, a su vez, presentaba una losa horizontal o cubierta.

La monumentalidad de estas sepulturas se realzaba mediante un túmulo o montaña artificial que ceñía exteriormente la cámara, ayudaba a su sustentación y contenía el empuje de los brandes bloques pétreos. En su construcción se usaron en ocasiones piedras de colores diversos como el cuarzo blanco, la pizarra gris o el granito rosado, para realzar su visibilidad.

Estas tumbas sirvieron como osario colectivo de un grupo humano ligado por parentesco; es decir, como panteón familiar. Aunque los suelos ácidos de la dehesa no facilitan la conservación de los huesos, cabe pensar, de acuerdo con la información de otras áreas de suelos más proclives a su conservación, que los enterramientos se produjeran tiempo después de la muerte del individuo y una vez eliminadas las partes blandas, ya que los huesos no suelen encontrarse en conexión anatómica o, incluso, pueden faltar partes del esqueleto.

Ello llevaría a pensar que, para el grupo humano que habitaba en el entorno, el dolmen fue mucho más que un panteón funerario, que podría tratarse de un lugar de culto a los antepasados.

Así, estos monumentos pudieron actuar como centro espiritual del territorio habitado por los descendientes de los que reposaban en su interior, y de quienes aquellos derivarían el derecho a ocupar y explotar el territorio. Su forma de vida, ganadera y con movilidad estacional, explotando diferentes recursos, tanto cultivados como silvestres, conllevarían una forma de habitación –cabañas de materia vegetal- que dejan muy poca huella arqueológica.

El número de enterramientos contenidos en estos monumentos depende del tiempo en que estuvieron en uso, oscilando entre la veintena cuando este fue limitado, hasta el centenar, cuando su vida fue prolongada. En cualquier caso, cabe suponer que estos panteones corresponden a comunidades campesinas muy reducidas.

Gran Dolmen

También conocido como “Dolmen de las Colmenas”, el Gran Dolmen es, de entre los tres que se encuentran excavados, el que mantiene más evidentemente la estructura de su planta, formada por, al menos, dos anillos concéntricos de grandes losas de esquisto y granito (muy probablemente un tercero del que apenas se conservan vestigios), a cuyo interior se accede a través de un corredor largo, compuesto por cinco grandes losas verticales a cada lado y de orientación sureste.

A lo largo de la historia debió ser expoliado en busca de legendarios tesoros escondidos y materiales de construcción, lo que explicaría el rebaje del suelo de la cámara y la falta de muchas de las grandes lajas que debieron conformar el dolmen así como piedras del túmulo que lo cubría. Sus restos podrían buscarse en otras obras de la Dehesa, como la laguna del Tremal, las zahúrdas de las Majás de los Porqueros, el puente de Simón Ruano, o los molinos de “Jerrao” y la Respinga.

Sus constructores, alrededor de la mitad del IV milenio A.C., en la transición del Neolítico al Calcolítico, fueron seres humanos de escasa talla y vidas breves, miembros de una cultura de cierto incipiente desarrollo tecnológico, dedicados al pastoreo de cabras y ovejas en trasterminancia en unos montes que, en aquel momento, se encontrarían en las primeras fases del proceso de adehesamiento, con más matorral y menos cubierta arbórea que la actual, que practicaban una agricultura rudimentaria, la caza y la recolección de productos naturales, y algunas formas de intercambio con comunidades incluso alejadas de la suya, a juzgar por los materiales encontrados en los ajuares de los enterramientos.

Dolmen de El Tremal

El Dolmen de El Tremal, que recibe su nombre de la cercana y antigua laguna artificial junto a la “Casa del Guarda” -en cuyos muros se localizaron con toda probabilidad, parte de los materiales que lo conformaron- se encuentra entre los que han mantenido un importante porcentaje de sus piezas, y en él puede apreciarse la distribución original de los anillos concéntricos que lo conformaban, así como el angosto corredor largo que debió darle acceso.

Existe consenso general acerca de su finalidad, funeraria-religiosa, y mayor debate sobre la de afirmación, a manera de hito simbólico, de la posesión del territorio por parte de comunidades de pastores trasterminantes. Permite, en cualquier caso, aceptar la existencia de un concepto de trascendencia en el hombre durante el neolítico, de una forma de pensamiento más allá de las puras necesidades materiales que acredita la inteligencia humana tal y como hoy la concebimos.

Los constructores, comunidades en el tránsito del Neolítico al Calcolítico hace alrededor de 5.000 años, nomadeaban con sus rebaños de cabras y de ovejas en busca de los pastos frescos de montaña durante los estíos. Los monumentos que albergaban a sus muertos marcaban en su ausencia el territorio de la comunidad, velaban por él y expresaban la posesión de los pastos, la caza y los productos del monte que constituían el medio de vida de sus moradores.

La magnitud de la obra, y el esfuerzo necesario para trasladar los materiales –los granitos no se encuentran presentes si no a una cierta distancia del lugar-, demuestran la importancia que conferían a su vínculo con la tierra que les daba su sustento, y sus dólmenes entroncaban la tierra con la memoria de la tribu.


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